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29 de julio de 2026
Omar Romero Profesor de IT y Coordinador de IA C.F.P. José Ramón Otero
Cómo la inteligencia artificial está cambiando la forma de enseñar, evaluar y aprender en Formación Profesional.
Llevo cinco años en las aulas de Formación Profesional, en los ciclos de Informática del C.F.P. José Ramón Otero, en Madrid. En este tiempo me he ido acostumbrando a los cambios propios de la profesión, pero nunca me había enfrentado a algo como lo que ha supuesto la irrupción de la inteligencia artificial en el aula. Es, sinceramente, el primer reto de este calibre al que me he tenido que enfrentar como docente, y también uno de los que más nos está ayudando a definir qué tipo de centro queremos ser.
Y aquí va mi primera confesión: cuando empecé a usar IA con mi alumnado de DAM, ASIR y SMR, mi preocupación no era que no supieran manejarla. Mi preocupación era justo la contraria. La manejaban demasiado bien, y demasiado rápido, para pensar tan poco en lo que estaban haciendo.
Esa es la idea que quiero compartir en este artículo: la brecha que de verdad nos debería preocupar en la FP no es digital. Es de criterio.
Durante años hemos hablado de la brecha digital como si fuera un problema de acceso: quién tiene ordenador, quién tiene wifi, quién sabe instalar un programa. En 2026, en un ciclo de Informática, ese problema prácticamente ha desaparecido. Mis alumnos llevan un asistente de IA en el móvil desde antes de pisar el aula. Generan código, resuelven dudas técnicas, redactan documentación, todo con un prompt.
El problema ya no es si saben usar la herramienta. El problema es que muchos no saben cuándo no deberían usarla, o cómo verificar lo que esa herramienta les acaba de dar. He corregido entregas perfectamente redactadas que contenían errores técnicos que un alumno con criterio habría detectado en cinco segundos, simplemente porque nadie revisó la respuesta de la máquina. Eso no es un problema de acceso a la tecnología. Es un problema de formación del pensamiento crítico.
Esta preocupación no es solo mía. La comparte buena parte del profesorado, que ve cómo la IA entra en sus aulas sin que nadie les haya dado las claves para gestionarla. Y, al mismo tiempo, las empresas que acogen a nuestro alumnado en prácticas y luego los contratan piden, cada vez con más insistencia, perfiles que sepan manejar estas herramientas con soltura y criterio. Esa doble presión, la del profesorado que necesita formación y la del mercado laboral que exige nuevas competencias, es la que hace evidente la necesidad de adaptar los ciclos formativos a esta nueva era digital, para ofrecer una formación nueva, innovadora y diferente a la que teníamos hace apenas un par de años. No todos los centros están dándole a esto la misma prioridad, y precisamente ahí es donde creo que un centro se juega marcar la diferencia: en atreverse a mover ficha antes de que la exigencia llegue de fuera.
De esa necesidad nació, como propuesta personal, mi curso interno para el claustro, “IA para Docentes: Del Aula a la Gestión”, que impartí durante tres jornadas en nuestro centro con cerca de cuarenta compañeros y compañeras de distintas familias profesionales. La idea era sencilla: que el resto del profesorado empezara a incluir la IA en su día a día, la conociera de verdad y aprendiera a utilizarla bien, en lugar de temérsela o ignorarla. No era un curso de “trucos de IA”, sino una invitación a repensar cómo evaluamos, cómo diseñamos actividades y cómo detectamos cuándo un trabajo está pensado por el alumno o simplemente generado por una máquina y firmado por él.
En paralelo, fuimos un paso más allá: empezamos a mapear qué herramientas de IA tienen sentido real para cada perfil profesional de la FP, sustituyendo soluciones de pago por alternativas gratuitas igual de potentes, para que ningún alumno se quede fuera por no poder pagar una suscripción. Porque si hablamos de criterio, también hay que hablar de equidad: de poco sirve enseñar a pensar críticamente sobre una herramienta a la que solo algunos pueden acceder.
Ese trabajo arrancó este mismo curso como una iniciativa puntual, pero la necesidad que vimos en el camino, tanto en el profesorado como en el propio centro, hizo que creciera rápido: hoy es ya un proyecto de innovación educativa más amplio, que seguimos construyendo con la idea de llevar la IA aplicada no solo a la programación o las redes, sino también a la gestión académica del propio centro, ahorrando tiempo administrativo para poder dedicarlo a lo que de verdad importa, que es el alumnado. Es, en el fondo, una apuesta de centro: la de no esperar a que la IA llegue de fuera, sino integrarla nosotros mismos, con criterio propio, antes de que nos la impongan.
En los ciclos de Informática esto se nota de forma especial. No estamos formando a futuros programadores que escriban cada línea de código a mano; estamos formando a profesionales que van a trabajar codo a codo con una IA que escribe código, que sugiere arquitecturas, que detecta vulnerabilidades. El oficio cambia de raíz.
Por eso, en DAM y ASIR, ya no me limito a enseñar a programar o a administrar sistemas: enseño a auditar lo que la IA propone, a desconfiar con elegancia, a pedir explicaciones a la máquina y exigirse explicaciones a uno mismo. En SMR trabajamos algo parecido aplicado al mantenimiento de equipos y redes: la IA diagnostica más rápido que cualquiera de nosotros, pero quien decide qué hacer con ese diagnóstico sigue siendo una persona con criterio técnico real.
No creo que el reto de la FP frente a la IA sea dotar a los centros de más ordenadores o de mejores licencias. Ese reto, sinceramente, ya está casi resuelto. El reto de verdad es formar a un alumnado capaz de usar estas herramientas sin que estas herramientas les usen a ellos: que sepan cuándo una respuesta generada por IA es brillante y cuándo es simplemente plausible y está equivocada.
Esa es la competencia que de verdad va a marcar la diferencia en el mercado laboral de los próximos años. No quién use mejor el chat de turno, sino quién sepa pensar con él al lado sin dejar de pensar por sí mismo.
La tecnología ya está aquí, accesible para casi todos. Lo que todavía estamos construyendo, aula a aula, es el criterio para usarla bien. Y si algo tengo claro después de este curso es que esa es, precisamente, la apuesta que quiero que defina a mi centro: no ser los primeros en hablar de IA, sino los que enseñen a usarla con cabeza.