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Docencia y sostenibilidad: de la utopía al aula de FP

7 de abril de 2026

Josep Ramon Domingo Fernández Director Institut de Sostenibilitat i Medi Ambient de Barcelona

Tras más de 40 años en la educación, hay algo que tengo claro: las grandes revoluciones no se fraguan en comités ni en tratados, sino en lo cotidiano. En las decisiones pequeñas que tomamos cada día, en las preguntas que lanzamos a nuestros alumnos y en cómo conectamos lo que ocurre en el aula con lo que pasa fuera. Hoy, el reto de la sostenibilidad no es solo entenderla como un concepto global, sino hacerla práctica, tangible y cercana, de forma que deje de ser un ideal para unos pocos y se convierta en una herramienta al alcance de todos.

En este contexto, cobran especial relevancia las soluciones sostenibles basadas en la naturaleza, aquellas que se inspiran en los propios procesos naturales para resolver retos ambientales, sociales y económicos. En el ámbito industrial, esto puede traducirse en enfoques como la biomímesis aplicada a procesos productivos, donde los sistemas industriales imitan la eficiencia de los ciclos naturales: por ejemplo, el rediseño de materiales y procesos para que los residuos de una actividad se conviertan en recursos para otra, o el desarrollo de sistemas de ventilación y refrigeración inspirados en los mecanismos de regulación térmica presentes en ciertos ecosistemas o estructuras biológicas. Integrar estos enfoques en la formación profesional significa enseñar a observar, comprender y aplicar estos principios en contextos productivos reales, desde la optimización energética de instalaciones industriales hasta el rediseño de procesos para reducir consumo de recursos y generación de residuos.

En la Formación Profesional, esa responsabilidad se siente con intensidad, ya que nuestra forma de pensar está muy cerca de la realidad productiva y de las necesidades concretas de las empresas y del territorio. Según el Observatorio de la Formación Profesional de CaixaBank Dualiza, las estimaciones actuales apuntan a que más del 60 % de las ocupaciones emergentes estarán vinculadas a profesiones verdes. No se trata solo de enseñar un oficio o una técnica, sino de preparar a los futuros trabajadores para que puedan cuestionar, proponer, mejorar y ser agentes de cambio en cualquier entorno profesional.

Y si algo he aprendido en mi trayectoria educativa —desde la dirección del ISMAB donde me encuentro, mi paso por el Consorci d’Educació de Barcelona o las colaboraciones con empresas y otros centros— es que no podemos abordar lo global sin empezar por lo cercano. El proceso de aprendizaje debe partir de retos o preguntas concretas: ¿por qué una patata frita natural y otra procesada tienen huellas tan distintes en su producción y en el benestar de las personas? ¿Qué le ocurre de verdad a una batería usada cuando termina su ciclo de vida? A partir de estas preguntas sencillas, podemos ir abordando soluciones de mayor nivel: desde analizar modelos de economía circular hasta integrar perspectivas filosóficas y técnicas, y finalmente aterrizar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

En esta transición, el papel del profesor también ha evolucionado. Ya no somos simplemente transmisores de contenido; somos acompañantes de procesos. Guiamos a nuestro alumnado mientras experimenta, investiga y propone. Un grupo de Grado Básico puede comenzar con algo tan aparentemente simple como un cómic sobre sostenibilidad y terminar diseñando propuestas reales de mejora para un plan de eficiencia energética en un polígono industrial des de un Grado Superior. La idea es que, al terminar su ciclo, cualquier estudiante pueda auditar, cuestionar o mejorar un plan de sostenibilidad en la organización en la que trabaje.

¿Hacia dónde vamos? Si bien no tengo una bola de cristal, la experiencia me dice que la Formación Profesional está llamada, desde la innovación,  a ser uno de los motores de soluciones reales en sostenibilidad: desde garantizar transparencia en las cadenas de suministro hasta abordar retos como el consumo ético del agua o la huella energética de los centros de datos que alimentan la inteligencia artificial. Para ello, debemos integrar las habilidades verdes en lo cotidiano, en la vida y en el trabajo de nuestros estudiantes.

Y que conste: la sostenibilidad no es un freno a la competitividad. Al contrario —cuando se entiende y se implementa con pragmatismo— es la mayor oportunidad de crecimiento empresarial y social que hemos visto en décadas.

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